RESUMEN LA MUERTE DE IVAN ILICH - León Tolstoi

RESUMEN DE LA OBRA "LA MUERTE DE IVAN ILICH"
- León Tolstoi -
Argumento de "La muerte de Ivan Ilich", libro de Leon Tolstoi.
La obra se inicia en el despacho de Iván Egórovich Shébek, en el amplio edificio de la Audiencia, donde los miembros del tribunal y el fiscal se reúnen para discutir un caso. 
Piotr Ivánovich, uno de los miembros del tribunal interrumpe la discusión para informar que Iván Ilich, miembro de la Cámara Judicial, había muerto. 

Todos los allí reunidos le profesaban sincero cariñó, pero en el fondo de sus conciencias, no pudieron evitar que aflorara el egoísmo.  Lo primero que todos pensaron, para sí mismo, era qué repercusión podía tener esa muerte en el traslado o ascenso de ellos mismos o de sus conocidos. 

Para Fiódor Vasílievich aquello representaba un ascenso de ochocientos rublos de aumento; para Piort Ivánovich, la posibilidad de que su cuñado sea trasladado a una oficina más cercana a  sus familiares. 

En cuanto a los que se llamaban amigos del difunto, pensaban también en que ahora tendrían que cumplir con un deber muy desagradable, impuesto por las reglas de urbanidad:  deberían asistir al entierro  y hacer a la viuda una visita de pésame. 

Piort Ivánovich, quien había sido condiscípulo de Iván Ilich en la Escuela de Jurisprudencia, fue uno de los primeros en asistir a  las exequias.  Se quedó largo rato mirando al muerto.
Allí encontró a un compañero, Schwarz, cuyo simple aspecto le decía que el incidente del funeral de Iván Ilich no podía ser en modo alguno motivo como para considerar alterado el orden de la reunión de cartas a la que estaban acostumbrados. 

RESUMEN LA MUERTE DE IVAN ILICH - León TolstoiPraskovia Fiodorovna, la esposa del difunto, no oculta a Piort Ivánovich  su preocupación por la situación económica en que quedaría ahora que su marido había muerto. 

Después de un rato, Piort Ivánovich se retiró rumbo a casa de Fiódor Vasilievich a jugar cartas. 

Iván Ilich, muerto a los cuarentaicinco años, había sido hijo de un funcionario, de ésos que no pueden ser despedidos y que ocupan cargos imaginarios y ficticios, por lo que gozan de unos sueldos no ficticios entre los seis mil y los ocho mil rublos, con los que viven hasta la vejez más avanzada. 

Había tenido tres hijos varones, de los cuales Iván Ilich era el segundo. 

Había estudiado, con el hermano menor, en la Escuela de Jurisprudencia, demostrando ser una persona capaz, alegre, bondadosa y comunicativa, pero que cumplía rígidamente lo que consideraba su deber. 

No fue adulador, pero desde sus años mozos se sintió atraído por las personas más encumbradas en la sociedad.  No le costó trabajo acostumbrarse a hacer cosas desagradables que las personas más encumbradas  hacían como la cosa más natural. 
Al acabar sus estudios marchó a una provincia en calidad de agregado al gobernador de la misma.  Cumplía con exactitud e incorruptible honradez cuanto se le confiaba, que de ordinario eran problemas relacionados con los disidentes religiosos. 

Así transcurrieron cinco años, hasta que apareció la hora del cambio.  Surgieron nuevas instituciones, para las que se quería hombres nuevos.  Es así como se convirtió en Juez de Instrucción, cargo que desempeñó con mucha displicencia y que le valió la estima general. 

Adquirió nuevos amigos y nuevas relaciones, procurando mantenerse un tanto alejado de las autoridades de la provincia y eligiendo sus amistades entre los nobles acaudalados de la judicatura que residían en la ciudad. 

A los dos años de residencia en la nueva ciudad, Iván Ilich se encontró con la que habría de ser su esposa, Praskovia Fiadorovna, la muchacha más atractiva e inteligente del círculo en que él se movía. 

Al poco tiempo se casaron y todo marchó bien, hasta que Praskovia, ya en los primeros meses de embarazo, empezó a turbar la agradable y decorosa vida que llevaban.  Sin razón alguna, se mostraba celosa, exigía de él constantes atenciones, protestaba por todo y le hacía escenas desagradables y groseras.

 Fue entonces cuando Iván Ilich, escudándose en los deberes propios de su cargo, empezó a luchar con su mujer y a defender su independencia.  A pesar del nacimiento de Lisa, su hija, a Iván Ilich se le hizo más imperiosa todavía la necesidad de conservar un mundo al margen de la familia. 

A medida que aumentaba la irritación y las exigencias de su esposa.  Iván trasladaba más su existencia a sus asuntos laborales, exigiendo de la vida familiar únicamente las comodidades relacionadas con la comida, la dueña de la casa y la cama. 

A los tres años Iván Ilich ascendió a fiscal adjunto, circunstancia que lo incorporó más íntimamente a su cargo.  Vinieron más hijos y su esposa se volvió más gruñona, pero él, con la actitud que había adoptado hacia la vida doméstica, se había hecho casi impermeable a estos contratiempos. 

Después de siete años de servicio y tras la muerte de dos hijos, Iván fue trasladado a otra provincia donde el dinero escaseaba.  Praskovia echaba la culpa a su marido de todos los reveses que encontraron en su nueva residencia, lo cual incitó al marido a pasar menor tiempo con la familia.

Cuando Iván se veía obligado a estar en casa, procuraba asegurar su situación con la presencia de extraños.  Así vivió siete años más.  La hija mayor, Lisa, tenía ya dieciséis, había muerto otro hijo y quedaba un varón, que constituía la manzana de la discordia, pues, el padre había querido verlo en la Escuela de jurisprudencia, pero la madre, por llevarle la contraria a Iván, hizo que ingresara en el gimnasio. 

Después de diecisiete años de matrimonio, Iván Ilich era ya un viejo fiscal que había renunciado a varios traslados, a la espera de un trabajo mejor.  Cuando Iván esperaba el cargo de presidente en  una ciudad universitaria, Goppe, un colega suyo, se le adelantó, provocando la irritación de Iván. 

Esto provocó que con ocasión del nombramiento siguiente, también fuera preterido.  Aburrido de todo, decide hacer un viaje a Petersburgo, trayecto en el cual encontró a un viejo amigo que le informó que se iba a producir una revolución en la cual él tendría un papel importante y por ende, le daría a él un cargo importante en el propio Ministerio de Justicia. 

La revolución se produjo e Iván asumió un puesto que lo colocaba dos categorías por encima de sus enemigos.  Era tanta su felicidad que sus viejos rencores contra sus opositores fue olvidado; también Praskovi se alegró mucho y entre ellos se arregló un armisticio. 

Su nuevo sueldo le permitió alquilar una nueva casa, la cual él mismo se encargó de preparar para que su familia llevara una grata sorpresa cuando la vieran lista para habitar. 
Después de ver al médico, quien le recomendó hacerse unos análisis, Iván Ilich quedó muy consternado. 

En las calles todo le pareció triste.   El dolor que lo quejaba, después de las confusas palabras del doctor, parecía adquirir un sentido distinto, más serio. 
Su ocupación principal, desde la visita al doctor, la ocupación principal de Iván Ilich pasó a ser el cumplimiento exacto de sus prescripciones en lo relativo a las medidas higiénicas y a la toma de medicinas. 

El dolor se hacía cada día menor insoportable pero él hacía esfuerzos para obligarse  a pensar que se sentía mejor.  En vísperas de año Nuevo llegó su cuñado, quien no pudo ocultar su asombro, al ver a Iván tan desmejorado.

Desesperado por su situación Iván Ilich decide visitar a otro médico, quien le dictaminó algo similar a lo del médico anterior.  Ya el asunto de su salud se le aparecía en un plano totalmente distinto: … “El asunto no reside en el intestino ciego ni en el riñón, sino en la vida y … la muerte. 

Al tercer mes de enfermedad, se produjo lo que la esposa, la hija, el hijo, la servidumbre, los amigos, los médicos, y lo que era más importante, él mismo sabía: que todo el interés de los demás hacia él se reducía al problema de cuándo dejaría su sitio libre, cuándo libraría a los vivos de las molestias que su presencia causaba y se libraría el mismo de sus sufrimientos. 

Cada vez dormía menos, le daban opio y empezaron a inyectarle morfina.  También le construyeron un dispositivo especial para hacer sus necesidades y cada vez eso representaba para él un suplicio. 
El suplicio de la suciedad, la inconveniencia y el mal olor, de la conciencia de que otra persona debía hallarse presente y ayudarle.  En  este asunto, el más desagradable de todos, siempre acudía a ayudarle el criado Guerásin. 

Poco a poco le fue atormentando el hecho de que todos los que lo rodeaban no quisieran reconocer lo que todos sabían y sabía él mismo, sino que quisieron mentirle acerca de su espantosa situación, obligándole a tomar él mismo parte en la mentira. 

El doctor lo visita frecuentemente para auscultarlo, pero él sabe de manera firme y segura que todo no es  más que un absurdo y un simple engaño. 
En este tiempo se produjo el acontecimiento que tanto habían deseado Iván Ilich y su esposa: Petrísshev pidió formalmente la mano de su hija.  La salud de Iván empeoró y es en ese momento en que empezó aquel grito que duró tres días consecutivos, un grito espantoso. 

Cuando deliraba, sintió que alguien besaba su mano.  Abrió los ojos y vio que era su hijo.  Sintió lástima de él.  Hizo una inspiración, se detuvo a la mitad, se estiró y quedó muerto.
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