TRADICION "LOS INCAS AJEDRECISTAS" - TRADICIONES PERUANAS
  - Ricardo Palma -
Argumento de "Los incas ajedrecistas", tradiciones peruanas de Ricardo Palma.
Fueron los moros, quienes dominaron España durante siete siglos, los que introdujeron la afición por el ajedrez en este país. 

Era de presumirse que terminada la expulsión de los invasores por la reina Isabel la Católica desaparecerían también sus hábitos y distracciones; pero lejos de eso, la afición por el juego de las sesentaicuatro casillas había echado hondas raíces entre los capitanes que en Granada aniquilaron el último bastión del islamismo. 

De pasatiempo favorito de los hombres de guerra, el ajedrez cundió también entre las gentes de iglesia: abades, canónigos, obispos y frailes de campanillas.  Con el descubrimiento y la conquista de América llegó a ser pasaporte de cultura social para todo el que venía al Nuevo Mundo. 

El primero libro que se imprimió en España fue impreso en Alcalá de Henares en 1561 y pertenecía al clérigo Ruy López. 
El librito abundó en Lima hasta 1845.  Se   sabe que los capitanes Hernández de Soto, Juan de Rada, Blasco de Atienza, Francisco de Chávez y el tesorero Riquelme se congregaban en Cajamarca, e en el departamento que sirvió de prisión al Inca Atahualpa desde el 15 de Noviembre de 1532 en que se efectuó la captura, hasta la antevíspera de su injustificable sacrificio, realizado el 29 de Agosto de 1533. 

TRADICION LOS INCAS AJEDRECISTAS – Ricardo PalmaAllí funcionaban dos tableros, toscamente pintados, sobre la respectiva mesita de madera.

 Las piezas eran hechas del mismo barro que empelaban los indígenas para la fabricación de objetos de alfarería. 

El Inca Atahualpa todas las tardes tomaba asiento junto a Hernández de Soto, su amigo y amparador, sin dar señales de haberse dado cuenta de la manera como actuaban las piezas ni de los lances y accidentes del juego. 

Pero una tarde, en las jugadas finales de una partida que disputaban Riquelme y Soto, hizo ademán éste último de movilizar el caballo, y Atahualpa, tocándole ligeramente en el brazo, el dijo en voz baja. “-No, capitán, no… “El castillo!” 

Después de breves segundos de meditación, Soto ponía en juego la ficha aconsejada por el Inca, y pocas jugadas después sufría Riquelme inevitable mate.  Después de aquella tarde Soto y el Inca jugaban una partida diaria, y al cabo de dos meses el discípulo era ya un buen contrincante. 

Cuenta la tradición que muchos ajedrecistas españoles invitaron también al Inca; pero éste, por medio del intérprete Felipillo, se excusaba de jugar diciéndoles: “-Yo juego muy poquito y vuestra merced juega mucho-“. 

La tradición popular asegura que el Inca no habría sido condenado a muerte si no hubiera intervenido en la partida que sostuvieron Hernández y Riquelme. 

En el famoso consejo de veinticuatro jueces, consejo convocado por don Francisco Pizarro, se impuso al Inca la pena de muerte por trece votos contra once.  Riquelme fue uno de los trece que suscribió la sentencia. 

Después del injustificado sacrificio de Atahualpa encaminó don Francisco Pizarro al Cusco, en 1534, para hacerle ver a los caciques que no tenía intención de quitarles sus propiedades y prueba de ello, es que había ajusticiado en Cajamarca al asesino del Inca Huáscar. 

En el Cusco entregó el conquistador la insignia imperial al Inca mancebo de dieciocho años, legítimo heredero de su hermano Huáscar.  Después de la solemne coronación, Pizarro se trasladó al valle de Jauja, de donde seguiría al del Rímac para hacer la fundación de la capital del futuro virreinato. 

De todos es sabido los sucesos y causas que motivaron la ruptura de relaciones entre el Inca y los españoles acaudillados por Juan Pizarro, y, a la muerte de éste, por su hermano Hernando. 

Manco Inca huyó del Cusco y estableció su gobierno en los andes.  Manco Inca prestó algunos servicios a los almagristas en su lucha con los pizarristas, y consumada la ruina y victimación de Almagro el Mozo, más de una docena de los vencidos, entre los que se contaban los capitanes Diego Méndez y Gómez, hallaron refugio al lado del Inca, que había fijado su corte en Vilcapampa. 

Los españoles refugiados se entretenían en el juego de bolos (bochas) y en el ajedrez.  El Inca cobró gran afición y aún destreza en ambos juegos, sobresaliendo como ajedrecista. 
Una tarde se hallaban enfrascados en una partida el Inca Manco y Gómez Pérez, teniendo por mirones a Diego Méndez y tres caciques. 

El Inca hizo una jugada de enroque no permitida por las reglas de juego, que Gómez Pérez le dijo a Diego Méndez:
“-¡Mire!, capitán, con la que me sale este indio puerco-¡”. 

El Inca alzó la mano y dio un bofetón al atrevido.  Este cogió su daga y apuñaló al osado monarca por dos veces consecutivas provocándole la muerte.  Los indios ajusticiaron al criminal y a cuanto español había en la provincia de Vilcapampa. 

Estaba escrito que, como el Inca Atahualpa, la afición al ajedrez había de serle fatal al Inca Manco.
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